miércoles, 11 de febrero de 2015

Reseña

Carolina López Jiménez
En la punta del lápiz
Cámara de Comercio de Medellín para Antioquia
2013
116 p.
  

No había historia al principio. Primero fue el impulso, la sensación. Y mucho antes estaba la vida. ¿De qué si no de vida están hechas las ficciones? P. 103

Contar solo hasta el final de esta reseña que la autora de En la punta del lápiz es mi más cercana amiga, podría dar pie a creer que he escrito desde la intimidad de dicha amistad. Es cierto que mi lectura de esta novela estuvo atravesada por incansables conversaciones y lecturas compartidas con Carolina desde mucho antes de que su mamá enfermara y durante parte de la enfermedad misma, que viene a ser la semilla de la novela. No obstante, con la distancia que corresponde, me sitúo a continuación como lectora de un relato cuyas imágenes (sobre todo las del final) me cautivan cada vez que regreso a este liviano tomo con ilustraciones seductoras, Premio Nacional de Novela de la Cámara de Comercio de Medellín en 2013.

Al evocar aquello que uno está por decir, con la urgencia de no dejar escapar algo que hace cosquillas en la lengua pero para lo cual no se encuentran aún las palabras, el título anticipa el ánimo de experimentación que atraviesa las páginas de este relato, cuya imagen central podría ser la transformación. Esta se manifiesta principalmente en sus dos protagonistas: Matilde Díaz y su hija, Caliza Oropel Díaz, quien despierta a la conciencia de su oficio como escritora durante el hondo proceso que lleva a su madre a convertirse en otra. En muchas otras, a las que ella misma y todos en su entorno tendrán que aprender a acostumbrarse.

A través del tejido no lineal de recuerdos que propone la voz narradora, descubrimos en el nacimiento la expresión más aguda de la transformación. No el nacimiento biológico, sino aquel que define el carácter indeterminado de toda vida en desarrollo. Quizás como una manera de acercar al lector a la experiencia material de sentarse a construir una ficción, el relato deja ver que sus protagonistas ven la luz como personajes durante el proceso mismo en que la narración va emergiendo, y que lo hacen desde el origen complejo y a la vez cotidiano que se remonta a eventos, decisiones, y lugares anudados en la memoria de la narradora, Caliza. Ella, a través de imágenes tan vivaces como sutiles (pero no sentimentales), nos muestra el modo en que Matilde se inicia en la enfermedad, luego de haberlo hecho también en el ser esposa, funcionaria y mamá. Así, la paciente y su tutora, la madre que hoy deviene enigma y la escritora que la observa, brotan de un modo simultáneo y su vida se proyecta muchos años atrás. Desde los primeros trazos con colores y la contemplación infantil del mundo, desde los dulces poemas aprendidos en la escuela, hasta la corrosión de los años y de la enfermedad, que también resulta ser fruto de las fuerzas modeladoras de nuestra sociedad, cuya presión se ejerce en los paisajes habituales de apariencia más inofensiva.

Como es de esperarse, esa transformación tan marcada en las protagonistas se expresa también en el universo que habitan. Mudan los personajes; lo hacen también las circunstancias, si bien con menor intensidad. Los escenarios de la historia coinciden con lugares reales (Pereira, Bogotá,  Caicedonia, Berlín), salvo uno de ellos, Albenia. Esta diferencia puede generar ruido, como también despertar intriga. ¿Podría ser un instrumento de distancia emocional por parte de la autora, o, de modo llano, indicio de un lugar construido con las estrategias de la ficción? Es probable que la intención haya sido reservar un lugar imaginario para recuerdos urdidos en la elaboración del relato, pero el texto no nos da pistas sobre esta decisión y su función queda a nuestro criterio.

La novela juega con las convenciones de este género. Nos encontramos en sus páginas algunos pastiches de citas, reminiscencias de lecturas, piezas gráficas, constancias o registros íntimos que se articulan con lo narrado a través de los párrafos. Y luego, al final, el lector descubre una bibliografía, una huella de las lecturas que son declaradas parte imprescindible de la obra.

En términos de estilo, Carolina le apuesta a saltar esa barda que aísla al lector de carne y hueso que, aunque sigue el juego de la ficción, sabe que hay alguien, también de carne y hueso, comiéndose las uñas tras la pantalla, rodeado no solo de sus propios recuerdos y de secretos deseos, sino también de agendas, notas y fotografías, de recortes, lápices y borradores. De una singular belleza resulta el final de la novela, donde podemos sentir una sincera afirmación de la vida, en el nacimiento doble de Matilde Díaz y el de su hija Caliza dibujándola.

Hay varios detalles exquisitos en los recursos visuales, en particular: “Algunos utensilios prácticos para la vida”, ilustración de Carlos Andrés Orozco, y “Visión mínima sobre la vejez”. Así mismo, varias imágenes poéticas deleitan, sobre todo en la narración de la infancia y de la tierra a la que esta pertenece. A mi modo de ver, la línea de tiempo en que se desarrolla Matilde resulta mucho más sólida que la de Caliza, lo que nos deja sentir en Matilde los trazos firmes y nítidos de una totalidad, un personaje profundo que contrasta con los contornos más difuminados de su hija. Valdría la pena contar con una segunda edición, pues 1.000 ejemplares de la primera resultan pocos para su difusión. No obstante, se encuentra disponible aquí.

jueves, 18 de diciembre de 2014

Madres desnaturalizadas*


Usted: su cuerpo

Imagine que una mañana, usted despierta sintiéndose mal. No ha estado comiendo porquerías, pero siente unas náuseas continuas e insoportables. En cuestión de días, su olfato se hace intenso y es solo una señal de la serie imprevisible de cambios que apenas comienzan en su vida. Describiré para usted las manifestaciones más notables que su cuerpo puede sentir durante los meses siguientes a esta transformación inesperada. Sea paciente: será un lapso con un límite fijo y un nombre propio. Una metamorfosis. Respire. Sus citas médicas serán innumerables.

Los cólicos y el dolor abdominal estarán presentes en distintas etapas del proceso. Durante ciertas fases, no soportará el calor, el estrés, el dolor de cabeza, el insomnio, la ansiedad y la depresión. Algunos de estos síntomas usted ya los conoce, porque para este momento de su vida, habrá tomado unas 3.780 grajeas de levonorgestrel y etinilestradiol que, además, han dejado considerables manchas en la piel de su rostro. Aumentarán, también en sus pezones y en otras zonas de su cuerpo. Puede seguir acostumbrándose. Novedosos y transitorios serán, en cambio, el sueño que agobia a sus párpados y el cansancio que le impide pensar siquiera en cómo va a poder continuar con su jornada laboral.

Cada vez habrá más sangre en su cuerpo (llegará a duplicarse la cantidad) y ello traerá complejas variaciones en la percepción de su propio cuerpo: usted no solo engordará. El estreñimiento irá en aumento; sentirá vahídos, baja de tensión, entumecimiento de unos músculos y aflojamiento de otros –lo que tal vez conlleve caídas–; tendrá calambres, congestión nasal y hemorragias, indigestión, hemorroides; sus manos y sus pies se van a hinchar así como sus várices, si tiene tendencia a esta afección en las venas. Con el paso del tiempo, notará cómo se va haciendo torpe, porque su centro de gravedad se irá desplazando y cada vez le costará más calcular las distancias de sus propios movimientos: tropezará con frecuencia. Su mente se irá haciendo distraída y olvidadiza, y como la barriga ha desplazado el estómago y los pulmones a la altura del esternón (olvidé mencionar que su abdomen ha ido creciendo vorazmente), sentirá reflujo, llenura permanente, mezclada con mucha hambre, y llegará un momento en que la opresión en el pecho le haga sentir un ahogamiento profundo y constante. Al cabo de nueve meses de espera, usted tendrá una sensación de asfixia muy cercana a la muerte. La presión también alcanzará el nervio ciático, por lo que el dolor en la espalda y en la cadera puede ser desesperante. Las noches serán interminables y los días cada vez más difíciles de soportar. Será peor cuando su deseo sexual se agudice, mientras que el de su pareja –si la tiene– disminuya de modo progresivo.

También ha experimentado dolores en sus músculos pectorales (un engrudo espeso y maloliente se forma allí) y fuertes movimientos adentro de usted, como hipos y patadas propios de un alienígena que, para este punto, habrá sido visualizado y pronosticado por el mercadeo de la medicina, a tal punto, que usted, en más de una ocasión, se habrá sentido desfallecer. Pronto se convertirá en una máquina productora de leche y tal vez llegue a considerar que de haber sabido, a ciencia cierta, todo lo que iría a padecer, tal vez no se habría animado a vivir un embarazo. Un buen día notará que su cuerpo se ha convertido en un objeto público: las mujeres que son llamadas ‘mamá’ querrán compartir a toda costa sus experiencias con usted y la gente, en general, asumirá licencia para acariciar su panza redonda y opinar sobre sus hábitos de vida.

No pretendo incomodarlo, amigo lector, sino situarlo en el hecho primigenio de la existencia: somos ante todo un cuerpo, que nació primero dentro del cuerpo de una mujer. Busco darle relieve a una perspectiva de la que poco se habla cuando se piensa en el erotismo femenino o cuando se aborda la sexualidad, tema también escaso en nuestra cultura. Le propongo a continuación un recorrido por algunas reflexiones en torno a velos que valdría la pena correr, al menos para hacerle contrapeso a las versiones dominantes, cortas y sesgadas acerca de la sexualidad.


Él: amante

Los relatos íntimos sobre la experiencia de ser papá no abundan en las conversaciones, a pesar de que todos hemos tenido contacto con hombres que lo han sido. Yo intento indagar cada vez que puedo al respecto y, en mi búsqueda, solo en una ocasión tuve la suerte de contar con la sinceridad y la confianza de un viejo amigo. Los visité a él y a su esposa cuando estaban aún embarazados, expresión que apenas comienza a usarse y que mi amigo repitió aquella tarde de mi visita.

Luego de conversar toda la tarde, él me acompañó hasta la estación del bus. Me confesó, mientras caminábamos y su esposa lo esperaba en la cama, que es inevitable la disminución del deseo sexual ante el nuevo cuerpo de la pareja. “Sí, se ve bonito, pero no erótico. En definitiva, no es erótico”, me dijo. Su explicación, que suena del todo sensata, es que en la medida en que la hembra elegida ya no es una hembra a embarazar, la atención, de modo espontáneo, comienza a mirar con mayor deseo a las otras mujeres. Me contó que había intentado hablarlo con su esposa y que no había vuelto a hacerlo porque, como es natural, me dijo, para ella se volvió también un problema emocional. Lo otro que pasa, proseguía él, como necesitado de alguien que lo escuchara, es que tú vas a los lugares asociados a la infancia o a la maternidad, y nada de eso está asociado al erotismo: ni la ropa de bebés, ni el brasier talla hamaca, ni el extractor de leche, etc, etc. Escuchándolo, yo pensaba en que si esta experiencia resultaba difícil para un hombre como él, ¿cómo habrá sido la de un hombre como mi padre?

Uno sí empieza a relacionarse con el mundo de otra manera, continuó. ¿Más trascendental? Le pregunté yo, conmovida ante su honestidad. No, me respondió, ni siquiera, yo no usaría esa palabra. En realidad, más natural, más instintiva, más, práctica. Se da uno cuenta de que hay más niños y más mujeres embarazadas de las que uno creía. Empieza a observar cómo las personas agarran a los niños, cómo se comportan con ellos. Se quedó pensativo en ese punto y, como mi silencio se mantuvo, él prosiguió en el sondeo de los tantos aspectos que cambian con la llegada de un hijo: ciertamente la barriga se va convirtiendo en incomodidad. Cualquiera puede entender, dijo, que una persona que no ha dormido bien no pueda estar de buen humor. Y con el dolor en la espalda… Sí, ha estado más malgeniada, y yo la entiendo. ¿Quién no? Obviamente, proseguía mi amigo, estos temas no son de los que se hablan con las personas, en las reuniones. Y yo me pregunté, callada pero decidida: ¿por qué?

Cuando mi amigo dijo “obviamente” y yo asentí, ambos estábamos aceptando que no se conversa abiertamente, ni siquiera en pareja, sobre la intimidad durante el embarazo. Esta es una de las evidencias que habla del pudor persistente en nuestra sociedad en torno a la naturaleza del cuerpo humano, un organismo sometido a la entropía, que contrasta con la imagen estandarizada que impera en los registros visuales masivos, y en los relatos comunes sobre la maternidad como fuente de absoluta ternura.

Luego de aquella visita, fui consciente de que a muchos también les resulta incómodo hablar de las molestias que conlleva la planificación, sobre todo la femenina. Y yo continúo preguntándome, ¿por qué? ¿No es acaso parte de la vida, hoy por hoy? He vivido los ciclos menstruales desde la infancia y la planificación hormonal desde la adolescencia. Ambas vivencias me confirman que la sensibilidad de las mujeres (objeto de caricaturas históricas) tiene que ver con la particularidad de su cuerpo, tanto como su deseo: sus ganas de hacer el amor o de consentir, sus impulsos y arrebatos. Esto también ocurre en el cuerpo de los hombres, por supuesto. Y pienso que también de eso debería hablarse más, pues no solo nosotras reaccionamos por la química de nuestro flujo sanguíneo: nos iguala a hombres y a mujeres el carácter orgánico de nuestra existencia.

Entre tanto, a veces me pregunto por qué en un mundo con tan notables avances científicos, en el que se han producido tan variados y sofisticados métodos de anticoncepción femenina, no ha sido posible desarrollar un tratamiento hormonal masculino. Pero, no puedo negarlo: desconozco la naturaleza química de los espermatozoides. Por otra parte, tampoco sé cómo se sienta vivir en un cuerpo que produce mil espermatozoides por segundo, en una ciudad poblada de imágenes sensuales femeninas (en afiches, vayas, revistas y pantallas). Tampoco puedo imaginar por qué los hombres rehúyen de la vasectomía, pero pueden convivir tranquilos con la sobrecarga hormonal e incluso los traumatismos del aborto experimentados por su pareja. La verdad es que lo poco que sé del deseo masculino prefiero vivirlo en la cama que enunciarlo, porque bastante –sobre todo mentiras– se habla al respecto. ¿Miento?


Él y ella: organismos deseantes en una cultura

El deseo sexual es apenas uno de los aspectos de la vida humana gobernado por el reino de las hormonas, esas enigmáticas sustancias que regulan la función de las células y de los órganos internos, y que inciden en nuestra vida psíquica mucho más de lo que pudiéramos imaginar. ¿Quién diría que incluso factores como la confianza entre las personas, el estado anímico, la capacidad de disfrutar, la sed, el cansancio o la creatividad, tienen su origen en la producción química que recorre nuestra sangre? Ante un fenómeno que incide de tal modo en el cuerpo, desde la nutrición, el crecimiento y el sueño, hasta la actividad emotiva, ¿cómo no tener en cuenta la intervención de los métodos hormonales en el erotismo femenino? Métodos hormonales que engordan carnes a gran velocidad y que consiguen inhibir la fecundación de óvulos persistentes, son ambos parte de los hábitos de consumo de las mujeres y, sin embargo, nuestra mirada sobre el cuerpo femenino navega otras aguas.

En aquella visita a mis amigos embarazados, ambos hablaron durante horas sin muestras de agotamiento. Esto es algo que está hecho para dos, me dijo ella, como queriendo llegar a alguna conclusión sobre su estado. Sí, eso es algo de lo que nos hemos dado cuenta, respaldó él y yo continuaba sorprendida, más que por las afirmaciones de la emocionada pareja, por el asombro mismo que mostraban ante ellas: ¿acaso no se concibe la creatura si y solo si se juntan las dos células? Pero en lugar de hablar sobre su vida en pareja, me contaban sobre la excesiva medicalización del cuerpo durante el embarazo; sobre la mercantilización de este proceso, que manipula la expectativa de los padres para conducir sus formas de consumo (hacia todo tipo de exámenes, productos y procedimientos, porque, ¿qué es lo que un buen padre no haría por su hijo?); y cuestionaron la profesionalización de los saberes que antes se asumían como naturales (curso profiláctico, curso para cambiar pañales, curso de respiración, curso de ubicación en el parto). En este último, llegaron a contarme, se instruye al padre sobre la importancia de no mirar de frente al niño naciendo, por la probabilidad de que la imagen anule el poco deseo que al macho le queda para ese momento. La cabeza me da demasiadas vueltas al recapitular aquella tarde entera de su monólogo.

Escuchándolos, yo pensaba en que no solo mi deseo estaba atravesado por las hormonas con las que planifico y por los vetos con los que he crecido para hablar acerca de la masturbación, del clítoris, del orgasmo, de la homosexualidad, de la promiscuidad y del placer erótico. Incluso, de la voluntad de no engendrar. Pensaba, oyéndolos, que también su deseo como pareja, como hombre y como mujer que regularmente sienten deseos de hacer el amor, estaba atravesado por todos esos aspectos ajenos a su voluntad y de los que, casi con ofuscación, tanto me hablaron aquella tarde. Me parecía vernos a nosotros cuatro (su feto era ya una inminente presencia) como un entramado de procesos químicos y fisiológicos, habitando un entorno profundamente normalizado. Ese encuentro me ha llevado a celebrar que las versiones sobre fenómenos propios del cuerpo de la mujer, como la maternidad, ya hoy no sean unívocas. Es reconfortante escuchar que, además de ser una experiencia maravillosa (que puede no serlo), también es algo que duele. Y que duele mucho. También para la vida en pareja. Y que, de todo eso está hecho el deseo de las personas.

Por otra parte, aunque no he pasado por un embarazo ni por un aborto, las conversaciones que han compartido conmigo mujeres cercanas, me muestran que la sexualidad y el erotismo constituyen un ámbito riquísimo, complejo, vinculado a prácticas de la salud y de la sexualidad que no son exclusivamente femeninas y que afectan profundamente la vida psíquica de las mujeres. En tal sentido, estoy convencida de que sería muy sano para hombres y mujeres desnaturalizar los preceptos aprendidos acerca de la maternidad y de la procreación, así como cuestionar los prejuicios que todos tenemos sobre la planificación, pues así podríamos ampliar, en la cotidianidad, nuestra mirada sobre el cuerpo de las mujeres y, con ello, la comprensión y el disfrute de su erotismo.


Ella: mujer histórica

Mi abuela, una católica acérrima, recibió una amenaza de excomunión cuando le preguntó al sacerdote de su parroquia a qué método de planificación podría acudir. De sus 16 hijos a la única hija que tuvo mi madre, uno pensaría que las cosas han cambiado. Sin embargo, contrario a lo que podría inferirse del dominio visual en nuestra cultura, la nuestra sigue siendo una sociedad impregnada de pudor por el cuerpo: la herencia vergonzante que viajó en las mitocondrias de nuestras abuelas sigue viva, y ello se refleja en el sesgo cotidiano que todos podemos experimentar en torno a los ‘temas femeninos’, y en el grueso velo que cubre las vivencias propias del cuerpo de las mujeres. No vayamos tan lejos: cualquiera que haya visto la publicidad de las toallas higiénicas sabe de lo que hablo. ¡Nadie que no lo haya vivido podría imaginar, por ejemplo, cuánta sangre corre días después de un parto!

Volviendo a la visita que les hice a mis amigos embarazados, recuerdo que mientras él nos hacía café, ella me decía: uno dizque ha luchado por su individualidad, y de repente, uno ya no es uno. La gente ya no pregunta cómo está uno, si está feliz, sino cómo está en función de su rol de ser mamá: la hembra que es medio de la criatura y portadora, a su vez, del historial genético. Uno se vuelve, entonces, un objeto público: todo el mundo te dice cómo tienes qué sentarte, qué debes consumir, cómo no debes dormir; qué debes hacer con tu cuerpo y de qué maneras. Claro que, pensaba yo, ella misma no podía parar de hablar de una sola cosa: su embarazo. Antes de irme, los cuatro tomamos café oscuro.

Y, sí: las cosas sí han ido cambiando. Mi abuela, por ejemplo, siempre estuvo de acuerdo en que sus yernos fueran con las prostitutas, o con amigas suyas, a satisfacer lo que una parturienta no le podía ofrecer. Solo una de sus siete hijas se rebeló y cuestionó la situación, por lo cual, madre y marido la golpearon. Supongo que un impulso así, en una mujer como mi abuela, viene de lugares como el pavor infundido por el sacerdote. Ella nos contaba que ningún hombre la había visto desnuda, jamás. Que ni siquiera ella había visto su propia desnudez, porque había aprendido que eso era pecaminoso. Recuerdo que un día mi madre saltó: ¡mamá, y con tantos hijos, mi papá nunca la vio desnuda? –No, mija. Por eso nos enseñaron a ponernos el camisón sin calzones. Yo a veces me despertaba y ya estaba él encima–. En otras ocasiones, mi abuela recordaba a su propio papá: nosotros fuimos 22, nos contaba, y mi papá siempre nos decía que las mujeres éramos la desgracia que Dios le había mandado a los hombres. La primera vez que mis abuelos se besaron en los labios fue en los últimos días de él, a sus 86 años.

Sí, hoy es distinto. Me siento afortunada de contar con la sinceridad de hombres que aceptan sentir vergüenza de hablar de su propio nacimiento o de mirar a sus mamás como cuerpos sexuados, y la de mujeres que me han confesado odiar muchos aspectos de la maternidad (por ejemplo la lactancia, porque duele y puede llegar a ser muy desagradable para la mujer misma). Con frecuencia me cuestiona el espacio que pueden tener las conversaciones cotidianas acerca de cómo es ese cuerpo cambiante, desnudo, frente a otro que lo mira, lo huele y lo acompaña, en una sociedad en la que todavía muchos hombres se abstienen del erotismo y de la sexualidad cuando su pareja está menstruando. ¿Me equivoco? No: sé de lo que hablo. ¿No resulta increíble que se suspenda el deseo ante un ciclo natural y limpio del cuerpo deseado? Sé incluso de hombres que han golpeado a su mujer porque al buscarle los senos, estaban enjuagados en leche, olorosos a queso. De hombres que al mirar la vagina de su amante han llegado a decirle que es asquerosa. Y también de mujeres que son incapaces de abrir las piernas y dejarse contemplar por su marido. ¡Qué decir de las madres solteras! Eso viene a ser un escrito aparte.

Todas estas manifestaciones de lo que vive en secreto la sociedad (que cada lector podrá nutrir a partir de lo que a su vez ha vivido, visto y escuchado), muestran lo deseable que sería abordar de modo explícito la diversidad de aspectos que intervienen en la sexualidad humana, algo tan natural como el hambre y la digestión. En la medida en que podamos liberarnos del impulso a mantener ocultas tantas sensaciones que en realidad son comunes, seguramente nuestra capacidad de disfrutar la corporalidad va a verse favorecida.

Todos los seres humanos, sin excepción alguna, hemos pasado los primeros meses de nuestra existencia en el vientre de una mujer. ¿Por qué, entonces, el fenómeno de la maternidad es un tema casi de gueto femenino? O en su contexto, amigo lector, ¿es un asunto abordado con frecuencia, de modo abierto? En el mío, encuentro que a veces casi es vetado, en las conversaciones en las que no hay papás o mamás en estado de emoción; otras veces, es asumido solo por las mujeres, desde una mirada que pretende homogeneizar la experiencia, como si ser mamá se redujera a tener una dulce barriga.

Elefante. Por: Glenda Torrado.

Yo: lectora

Como ya lo habrá notado, no soy bióloga, ginecóloga, química ni médica y la verdad es que no puedo dar cuenta de los procesos fisiológicos humanos, por mucho que venga consultando al respecto desde hace un buen tiempo. Sin embargo, pertenezco a una generación de mujeres que escucha con reservas lo que repiten muchas tías, mamás, primas y abuelas sobre la maternidad como el punto culminante en la realización de una mujer. Lo confieso de nuevo: aprecio haber oído de mujeres que han parido que en vez de realizarte, un hijo puede llegar a limitarte y a frustrarte, y saber que no en todos los casos ser madre es lo más lindo que te puede pasar.

Hace poco leí a Fran Lebowitz en una entrevista diciendo lo siguiente: “Si una mujer tiene un hijo –su gran desventaja en la vida– más temprano que tarde estará completamente interesada en él. Tendrá toda su atención centrada en su bebé cuando, por ejemplo, se encuentren en la misma habitación. Y no es esa persona a la que quieres como tu abogado. Y no existe la menor posibilidad de que te haga reír.” Es deseable que circulen también estas perspectivas, porque pocas veces tenemos la oportunidad, hombres y mujeres, de darle a la decisión de engendrar una significación que acoja la complejidad de la vida humana, en vez de reducir tal decisión (ahora que comienza a serlo, antes era una imposición incuestionable) a la simpatía y al anhelo de perpetuarse en otro que, por lo que veo, no es solamente un instinto.

Ser parte de una sociedad hace que la existencia esté marcada por cuestionamientos incómodos en cada momento de la vida: ¿Y qué vas a estudiar? ¿Y cómo va tu tesis? ¿Y tienes novia? ¿No tienes novio? ¿Eres gay acaso? Ah, ¿y cuándo se van a casar entonces? Ya que se casaron, ¿cuándo van a encargar? Y ahora que tienen ese hermoso bebé, ¿cuándo van a tener el otro? A esto me refiero cuando hablo de lo que, creo, sería sano: a un respiro de las imposturas sobre el deber ser de nuestros cuerpos, que desean desde su propia y compleja individualidad.

*Publicado en la Revista Divaneando

sábado, 2 de noviembre de 2013

Albert Camus, extranjero rebelde

A cien años del nacimiento de este escritor argelino, sus ideas y su prosa conservan el esplendor del verano mediterráneo.

De Camus se recuerdan sobre todo El extranjero, su pelea con
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Sartre y el Nobel que recibió en 1957, “por el conjunto de una obra que pone de relieve los problemas que se plantean en la conciencia de los hombres de hoy”. Esta razón excepcional en la tradición del Premio muestra la inspiración filosófica que marcó la narrativa de Camus, aunque éste no mencionó en su discurso que Alfred Nobel, entre otras cosas, fabricante de armamento, fue además el inventor de la dinamita. Pero lo más probable es que sí lo haya señalado, a su manera: “Sin duda cada generación se cree predestinada para rehacer el mundo. La mía sabe sin embargo que no podrá lograrlo. Pero su tarea es más compleja: consiste en impedir que el mundo se deshaga”.


Albert Camus nació el 7 de noviembre de 1913 en Dréan, pueblo conocido como Mondovi mientras Argelia fue colonia francesa. Un año después murió su padre, una de las 70 millones de personas afectadas de manera directa por las guerras mundiales del siglo XX. Su madre, analfabeta y casi sorda, lo llevó a vivir consigo en Argel, frente al Mediterráneo, donde lo crió una abuela tan recia como la pobreza que les dio hogar. Haber crecido bajo el imperio del sol tórrido, abrasado por los vientos salinos y por los colores desérticos, inspiró no solo sus personajes (el nombre del protagonista de El extranjero evoca el mar y el sol), sino también su insistencia en el apego del ser humano a la Tierra. “Sí, basta un anochecer en Provenza, una colina perfecta, un olor de sal, para darse cuenta de que aún está todo por hacer.” (Prometeo en los infiernos).

El gusto de Albert Camus por los mitos proviene de sus afinidades con la cosmovisión griega y del carácter único que tiene este tipo de relatos. Contrario a la pretensión de las escrituras históricas, científicas y filosóficas, el mito incita al lector para que encarne él mismo el sentido de una vivencia universal, humana, ante una experiencia que se manifiesta caótica sin cesar. Sísifo, por ejemplo, fue condenado a llevar una roca hasta la cima de una montaña, desde la cual rodaría eternamente. Su castigo era volver a bajar al valle, para volver a subirla. Camus encuentra en esta historia una imagen para hablar de la realidad de cada ser humano que pese a los desastres, el dolor y el sinsentido que agobian la existencia, decide levantarse cada mañana y continuar. Aun sabiendo que su destino inequívoco es la muerte.


A él no le inquieta el esfuerzo de Sísifo al subir, sino su decisión de regresar por la roca. ¿Qué pensará mientras camina hacia el valle?, se pregunta. Podría suicidarse, ¿qué otra prueba podría esperarse de la libertad? Después de todo, la única respuesta del universo ante el martilleo del humano ‘¿por qué?’ es el silencio. Este silencio, escuchado al menos una vez por todo humano, es lo que en El mito de Sísifo se entiende por ‘el absurdo’, pero, lejos de constituir una razón para desear o buscar la muerte, ha de convertirse en el medio privilegiado de la liberación. Estas ideas se expanden en El hombre rebelde, donde Camus reafirma que ante la inquietud por el modo en el que es digno, deseable, vivir, la respuesta es la rebeldía, entendida como la aceptación de una naturaleza finita (y solidaria), capaz de acoger la mayor cantidad posible de experiencias. Así, contrario al hombre revolucionario que Sartre esperó del hombre rebelde, éste se arraiga en la vida precisamente porque no hay sentido alguno que le corresponda a la vida per sé. “Se ve que la afirmación envuelta en todo acto de rebelión se extiende a algo que sobrepasa al individuo en la medida en que lo saca de sus supuesta soledad y le proporciona una razón de actuar”. Se dice que lo inspiró Kierkeegard, pero debería insistirse más en su lectura de Nietzsche. Además de ensayos, crónicas y novelas, escribió también obras de teatro.
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sábado, 5 de octubre de 2013

Dibujos posesos de una andoba

Aunque el dibujo es una de las primeras expresiones que aprendemos cuando ya somos hábiles parlanchines, aun antes de controlar la estabilidad del lápiz, su lugar en el museo parece ser el de la ropa sucia: el que debe resolver a solas el artista, mientras encuentra la perfección de su decir en un lienzo y no en el papel corriente de una libreta personal; con el óleo o la acuarela, y no con un lapicero corriente o un marcador escolar. Por eso resulta tan atractivo encontrar, más allá de los confines de la ilustración y del cómic, dibujos diestros y osados capaces de recrear las obsesiones humanas. La destreza, el riesgo y la intensidad de los temas son aspectos que cautivan en la obra de Glenda Torrado, quien encuentra en el dibujo una manera más directa de resolver sus ideas, no sólo porque le permite trabajar sin engrudos ni trementina, sino porque le ayuda a ser tan minuciosa como, a todas luces, le gusta ser en sus imágenes.

Su trabajo de grado, Método para no hacer una obra de arte (2006) recibió una mención de honor que habla del coraje necesario en el arte, para liberarse de paradigmas sobre el oficio y sobre la identidad de quien ostenta este título de por sí ambicioso. Una de las instrucciones de este método era hacer algo irreversible. Glenda decidió cambiar su nombre de pila y encargó un documental que registrara el procedimiento notarial, a través del cual descubrió que, con el acto, perdía la autoría sobre toda obra firmada con su nombre anterior. Aparte de este hecho no previsto, lo paradójico fue que muchas personas confundieron su nuevo nombre y la llamaban Brenda. Así, y como lo sugiere la película “Glen o Glenda” que en el 53 abordó el travestismo, nada tan ilusorio como un nombre para definir la identidad de alguien, siempre ambigua, a pesar de la demanda del lucro en tiempos de los derechos de autor.

Glenda o Brenda es La Picarita en esa galería electrónica llamada Flickr. Allí el espectador, a riesgo de quedar atrapado durante horas, puede deleitarse con el ingenio que tiene para usar recursos simples en función de imágenes inquietantes, tanto por su pulcritud como por la fascinación y la sorpresa que son capaces de despertar. Sin pudor por los formatos, por los materiales ni por el capricho de la aprobación, recrea en papeles de diversos tamaños, en botones, camisetas, discos, medias veladas y hasta tortas, escenas trágicas y perturbadoras, que expresan una afirmación de muchos elementos velados en la comprensión masiva de la naturaleza humana: lo insólito, la evolución de las formas de vida en tiempos apocalípticos, la perversión, la extravagancia, la obscenidad, la muerte y la fealdad. Pues, todo nos constituye, también lo que rechazamos y lo que consideramos opuesto en una imagen de nosotros mismos.

Su proceso de creación comienza en las imágenes que le atraen en libros viejos, en revistas, en películas. Es un método que aprendió para solucionar el rechazo que le producían sus propias ideas, cuando estaba inmersa en esa presión, definitiva para todo artista en formación, de crear una obra única y genial. Al rehacer imágenes ya existentes a su manera, las imágenes se vuelven otras. Pero, no es una manera exclusiva. Con la beca Bicentenario que recibió en 2010 para realizar la convocatoria Dibujo Libre, expuso los dibujos de Primitiva Mebarak Torrado sin temor de compartir su técnica, para que no fuera evidente si los dibujos eran suyos o de su compañero becario. En contra del desprestigio que tiene el robo de ideas, esta libertad pone en cuestión el celo del nombre y el miedo a no ser reconocido por un trabajo que uno considera muy propio, aun cuando uno mismo cambia durante toda su vida. “Mientras otra gente se siente incómoda por compartir sus ideas, a mí me da placer, ver que algo que yo pudiera haber hecho, lo hizo otro.  No ser único o independiente, en un medio que es eso: ser un nombre, y ser famoso y que lo conozcan y lo celebren. Estoy en contra de eso”.

Asumir la expectativa del sello irrepetible como un engaño, que puede ser un bloqueo para la creación, ha llevado a Glenda a enfatizar en que ya todo está dicho y, por lo tanto, no es posible hoy crear desde el afán por el estilo. Tanto en su obra como en las clases que dicta, se asume como un hilo más en la trama de un tejido. Esto le permite anular ese yo en mayúscula que tiene miedo de fracasar en su deseo de ser un genio, en favor de un observador recalcitrante que bebe de lo que dicen y hacen los demás. Los hilos distantes que se parecen entre sí, así unos gocen de fama y otros no, en todo caso contribuyen a lo mismo. Para qué esmerarse en una identidad, dice, si no está hecha más que de artificios cambiantes y si, al fin de cuentas, como dice Jodorowski, no somos más que una gota en un océano.

Dentro de ese proceso de reapropiación que la seduce y que, según me dice, siempre ha sido parte del arte, una constante en su trabajo es la narrativa construida a partir de la superposición de imágenes, abierta al espectro de interpretaciones que surjan en la asociación de ideas por parte del espectador. Por eso no corrigió al guía que, en el Salón Regional de Artistas de 2012 en Bucaramanga, sin saber que la artista estaba entre el público, imaginaba relatos sobre los cuadros que nada tenían que ver con las motivaciones que tuvo ella al crearlos. Su intención no es la univocidad, sino la exploración del dibujo como un proceso de pensamiento, más que una técnica o una habilidad para reproducir un referente.

Aunque ella afirma que, como muchos artistas, se hace la loca con lo que ocurre en el país, algunos de sus trabajos ejercen una crítica mordaz a nuestro contexto político y mediático. Al respecto, son contundentes “Yo me llamo cumbia” y “Masacre de El Salado”. Sin embargo, este es sólo un interés entre otros posibles para inspirar la creación. En la sala de su casa y en sus álbumes virtuales, es posible recorrer un nutrido espectro de las fijaciones que alientan su obra, trazadas también en la maternidad animal, en las pulsiones místicas y en la comicidad de la existencia.

Sin embargo, hay momentos en los que siente que tal vez el dibujo no le alcanza para expresar todo lo que quiere. De ahí, por ejemplo, su participación en Coqueta, un grupo con el que cantaba en buses urbanos, con voz histriónica y agraciada irreverencia, desvirtuando la timidez que uno tiende a presuponer en una persona silenciosa como ella. Quizás, más allá del instrumento y de las vías, de lo que se trata el arte es de ir perdiendo el miedo en la vida. Miedo a ser de muchas maneras y a no ser más que un andoba que, como todo parroquiano, comercia con el uso de sus horas para poder pagar las deudas.

jueves, 25 de abril de 2013

Análisis crítico de seis proposiciones sobre la vida del Cenador Gerlein


Roberto Gerlein Echevarría vuelve a denigrar de una de las manifestaciones sexuales del hombre, en detrimento de la equidad jurídica promovida por la Constitución colombiana. Un deplorable perfil de nuestra política el día en que en Francia se aprobó el matrimonio según el principio de égalité.

El martes pasado Roy Barreras, presidente del Senado, invitó a sus colegas a una cena en su casa y debido al compromiso, la convocatoria a debatir sobre la aprobación del matrimonio entre personas del mismo sexo se quedó sin quórum: los detractores de esta iniciativa prefirieron abandonar el recinto y asumir su condición de cenadores. Ese día, tan agitado en la Plaza de Bolívar como en las redes sociales, Publimetro hizo una síntesis de la intervención del Cenador Gerlein con las seis frases más polémicas dichas por él durante la sesión.
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#1, desglosada: “No comparto, ni aplaudo, ni deseo el sexo escatológico.” Respetable, no a todos tiene que gustarnos lo mismo, si es que él habla del lugar en el cuerpo que más nos huele a mierda. Sin embargo, el Cenador asume que la vida con una pareja del mismo sexo consiste en meter cosas por el ano y omite que si su hija fuera lesbiana, ella decidiría ese aspecto. Y si es heterosexual, también. Pero, más allá de su miopía, lo que me cuestiona es saber que entre las prebendas de los congresistas hay asignados $27.000.000 mensuales para invertir en asesores. Con los índices de pobreza en nuestro país y con el evidente desvío de dicho rubro, ¿no le causa esta cifra al Cenador al menos tanta vergüenza como sí se la produce una besatón? Ya que al expresar su indignación con la besatón gay dejó ver que lo que para él es claro: hay un tipo de seres humanos que no pueden experimentar el amor.


Prosigue: “A mí me parece que el sexo escatológico es un sexo inane”. Su parecer es atinado: la evidencia nos muestra que por lo menos el 99% del sexo en la vida de un adulto promedio se practica sin un fin distinto al placer. Nadie lo contradice en este sentido, pero lo que suscita problemas es la consecuencia que él extrae de su parecer: solo se puede practicar, con plenas garantías jurídicas, aquello que sea útil. Habría que comenzar, en tal caso, por prescindir de más de 200 curules. Dicho sea de paso, “escatológico” se refiere también a lo que tiende hacia un fin, de donde tendríamos el sexo escatológico como el que sí sirve. ¿Lo ve, Cenador? Ayudaría usar al menos una parte de lo de las asesorías en lo que corresponde.

Por otra parte, la afirmación del Cenador nos lleva a suponer que él solo ha eyaculado una vez en su vida (solo tiene  una hija), y si esto es así, me gustaría postularlo como caso de estudio científico y de acompañamiento clínico. Una vez más: ¿demasiado cinismo, o cándida y obstinada idiotez?

“Un sexo incapaz de generar vida”, prosigue. Verdadero. “Un sexo que se practica casi que con fines recreativos”, y se queda corto. ¿Usted nunca se masturbó, Cenador? ¿Usted piensa que su esposa no lo ha hecho jamás? ¿Que su padre no lo hizo? ¿Que su hija no lo hace ni lo hará; que el Presidente o las procuradoras y las monjas no se masturban, jamás?  ¿No conoce, Cenador, prácticas como meter un dedo en el culo durante la masturbación? Lo confieso: ¡a mí sí me da envidia solo imaginar lo que es tener un pene y poder meterlo en un agujero que de verdad apriete! Claro que usted tampoco alcanza a imaginar lo que es un orgasmo tras otro con solo tocar un pedacito exterior de la vagina llamado clítoris.

Pero, me estoy desviando. La siguiente pregunta para el Cenador podría ser qué es lo que no puede ocurrir amparado por la ley: ¿que el sexo se practique por el agujero de donde sale el popó? Me deja sin palabras, Cenador.
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#2. “El matrimonio gay es una decisión que sustancialmente golpea esta concepción de la familia entre un hombre y una mujer”. Verdadero. Sí golpea “esta”, es decir, “una”. Sí golpea una idea de familia. Pero no a la familia misma.

Es una evidencia que las familias colombianas no son todas hombre, mujer e hijos; que muchos niños crecen sin padres, al cuidado de la calle, o de institutos corruptos, o de madres voluntarias, y que en muchos, muchísimos casos en los que hay papá y mamá, la situación de violencia es tal, que mejor estarían ellos separados. Otra evidencia aplastante es: ¿cuántas mujeres crían en este país solas a sus hijos? Entretanto, ¿no es esta una información de la que tendría que estar ocupándose la Procuradora Delegada para la Infancia, la Familia y la Adolescencia, en vez de ocuparse en defender su privacidad para decir “aquí, dedicada al lobby”? ¿Es para esto que toda esta gente defiende el salario de sus cargos?

#3. “Nosotros pertenecemos a una generación heterosexual”. Verdadero, también si se entiende en cierto sentido. El ciudadano Gerlein, de 74  años y un rosario como prendedor, lleva 39 años calentando puesto público. Aunque conozco a muchas personas incluso mayores que él, católicas también, que están de acuerdo con el matrimonio entre los que se quieran casar, al ver a sus coetáneos en mi familia puedo entender a qué se refiere: a unas creencias arraigadas en la crianza, con las que a muchas personas les es difícil convivir en un mundo cambiante. Comprensible. Lo malo, para la sociedad colombiana, es que de esos muros del catolicismo se sigan políticas para negar derechos igualitarios que de ser reconocidos, favorecerían a millones de personas, mayores y menores de edad.

Aunque, si a lo que el Cenador se refiere es a que de su generación para atrás no ha habido homosexualismo, entonces su proposición #3 pasa a ser falsa: a los humanos de todas las épocas les han gustado diversas formas de practicar el rico sexo. La pregunta que sale a flote es cómo justificar que una persona con tan extrañas creencias tenga un presupuesto de $27.000.000 mensuales para pagar asesores.

Notable, en cualquier caso, que sea el Cenador mismo quien señale una de las raíces del problema en la brecha generacional. Para resolver este problema, uno de tantos que presenta el no tan honorable Congreso, ¿no valdría la pena revaluar los periodos y el tiempo de retiro de los congresistas? ¿Qué piensa el Cenador de que tan poquitos se lleven tanta riqueza?

#4 "La Biblia es la luz de la civilización occidental". Aquí ya se fue con poesía, no califica como verdadero ni como falso. Es un decir, un ejemplo de metáfora.

#5 desglosada: "Los gays quieren que se les apruebe todo.” Esta proposición resulta verdadera si con ‘todo’ se refiere a la plenitud de los derechos a los que acceden las personas que se casan. (¡Y eso que aún no comienza el debate de las triejas!). Sí, en tal caso, es verdadera: todos los ciudadanos colombianos quieren que se les trate igual, tal como es su derecho constitucional.
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Y para rematar: “Tienen un lobby gay". ¿Le está diciendo lesbiana a la procuradora Ilva? Ella, entretanto, defiende su privacidad en el chat, como si no fuera de interés de la sociedad lo que ella vaya a decir desde el Congreso, que por otra parte, no es su jurisdicción. Pero es más vergonzosa su defensa: “yo no sabía que había periodistas”. Aplastante, la inteligencia y la seriedad con la que estos representantes públicos ejercen su trabajo.

#6 "Uno es un pobre perro en esta curul." Yo diría que esta afirmación sí es falsa. Porque el Cenador, que se gana tanto, que dispone de esa poltrona en la que se sienta a sus anchas, cuando le viene en gana y por el tiempo que él decide, para tener todas estas prebendas que tiene ha de ser bastante más que un “pobre perro”, si es que lo usa en el sentido popular de la expresión, como diciendo “no soy nada aquí, nadie me escucha”.

Le diría en todo caso, Cenador, no se ofusque tanto. No es muy cristiano hablar en esos términos, ¿no son los perros esas criaturas que se la pasan oliéndose el culo entre ellas a toda hora? Los pobres y los ricos perros, por igual, se masturban en la pierna de los humanos que se sientan a hacer visita y usted, según dejan ver sus palabras, no es de los que se masturba (o se ha masturbado). (¿Conformó usted en el colegio una brigada anti-masturbatoria?)

Como puede ver, Cenador Gerlein, la mayor parte de sus afirmaciones son proposiciones verdaderas. Bien vistas, nadie las rechaza, luego es injustificada su crispación. Pero sí déjeme hacerle una última pregunta: ¿no cree usted que si a Dios le hubiera horrorizado el sexo inútil habría evitado, en su omnipotencia, que pudiéramos masturbarnos? ¿No cree que habría evitado que fuera placentera la estimulación en la próstata y en el clítoris? Claro está que ese dios nos da la libertad de hacer muchas cosas que a él lo habrían horrorizado. Y tal vez fue por eso que los Estados decidieron definirse como laicos, algo que en Colombia muchos no consiguen asimilar aún. Pero ese es nuestro Congreso: filas de poltronas para viejitos avaros, para bastante perezoso miope y mucho choro público.
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Mientras tanto en Francia, la aprobación del matrimonio igualitario no puede ocultar la proliferación de fobias sociales, ¡con la distancia que nos llevan sus procesos políticos! ¿Irán en el futuro a la torre Eiffel los Cenadores católicos colombianos?

viernes, 19 de abril de 2013

Posicionamiento de una marca: las víctimas


Según Francisco Santos, un día se levantó y se dijo: las víctimas de las FARC y del narcotráfico no tienen voz, por eso voy a mandar a hacer vallas con un primer plano de las caras de sus verdugos.

En Colombia, donde muchos miran con desprecio a la vecina Venezuela -ahora que ya no es la hermana millonaria-, algunos se vanaglorian de una vida política distinta. Sin embargo, el hecho de que nuestra agenda mediática esté marcada por las rivalidades entre los egos de los políticos nos muestra que no estamos en un escenario tan diferente.

Durante toda la semana, la prensa, la radio y los noticieros nacionales han registrado la polémica que suscitaron las vallas en las que el precandidato presidencial Francisco Santos invita a los ciudadanos a jugar a las adivinanzas, preguntándoles quién entre dos criminales ha matado a más policías. Ante cámaras y micrófonos, se ha quejado de censura y de intolerancia porque en algunos casos las vallas fueron retiradas. En otro caso, una de sus vallas fue cogida a golpes de pintura por un grupo de ciudadanos y la reacción del candidato fue decir “bueno, afortunadamente la pintura era rosada, que es un color amable”. Con esta sensibilidad estética, ¿le parecerá amable encontrarse, en cualquier calle, la cara del asesino de un ser querido en tamaño descomunal?
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Aunque estoy de acuerdo con quienes opinan, en la línea de Daniel Samper Ospina, que la mejor forma de hacerle daño a la imagen de Francisco Santos es respetar su libertad de expresión, la entrevista que este candidato le concedió al diario El Colombiano me fuerza hoy a escribir sobre las vallas de la adivinanza. Según él, dado que le preocupa la situación de las víctimas de las FARC una vez concluya la negociación en La Habana, el mensaje de las vallas es importante porque señala que aquí hay victimarios de primera y victimarios de segunda. ¿Su preocupación son las víctimas, dice?

A los de primera, dice él, se les puede abrir un espacio en la actividad democrática, y a los de segunda, dice, “que se pudran en el infierno”. ¿A quiénes se refiere; a quiénes ve él pudriéndose en un infierno? ¿Acaso el Acuerdo de Ralito es la causa del hacinamiento carcelario? Sobre esta misma inquietud, insiste en que la gravedad de un homicidio es siempre la misma, pero luego defiende un régimen especial de juzgamiento para la fuerza pública, y las víctimas que nombra, para las que clama perdón, son las del Nogal por ejemplo, no las de Soacha, por hablar de una misma ciudad. Y, para coronar su evidente confusión, dice hacia el final de la entrevista: “Cuando hoy miraba la valla se me arrugaba el corazón porque yo no distingo entre víctimas y victimarios”. Contundente.

En otro apartado de la entrevista señala: “Me duele saber que esos atropellos –de las FARC y del narcotráfico– van a quedar en la impunidad. Y eso es lo que veo venir. Y para mí, como parte de una sociedad moderna, es impensable e inaceptable, y si puedo hacer algo, lo hago y por eso me dediqué a poner vallas”. Me pregunto qué es para él lo propio de una sociedad moderna: ¿una en la que las víctimas están forzadas a mirar los rostros de sus verdugos en tamaño extraordinario, como si la televisión no estuviera haciendo una labor recalcitrante de restregarnos en la cara a los asesinos organizados? Y, entretanto, ¿qué quiere decir cuando dice “por eso me dediqué a poner vallas”?: ¿va a derogar la Ley de Víctimas o a levantar la Mesa de Diálogo a punta de vallas? ¿De verdad; fue eso lo que aprendió en sus altos estudios en comunicación? O es muy tonto o es muy cínico. No es una disyunción excluyente.

Otra cosa que le preocupa al primo del presidente, y lo dice como un niño que se queja con la profesora, es que el fiscal dijo que los guerrilleros podrían llegar al Congreso. Y, ¿de dónde saca él que el marco legal lo permite todo? ¿O es que está hablando del proceso con los paras? A los detractores de este proceso de paz se les olvida que el marco legal no se ha construido todavía y que, de abrirle paso a la participación de los miembros de las FARC en política, es claro que ésta solo podría validarse en las urnas. En contraste, para el candidato la alternativa sería hacer un proceso como el de Ralito. Da grima ver a un candidato presidencial defender a estas alturas ese acuerdo: ¿considera él que la extradición de algunos jefes paramilitares ha dejado en una mejor condición a las víctimas? ¿Desconoce que ellos mismos han confirmado en medios masivos que la extradición les permite ser juzgados por narcotráfico en procesos cortos y eludir procesos eternos acá por masacres, de las que todavía seguimos sin conocer muchos nombres? Además, ¿cree él que es fortuito que Luis Carlos Restrepo esté prófugo? Pero, este no es el tema que motivó este escrito, lo es un uso descabellado del espacio público.

Este individuo, fundador de País Libre, dice que tampoco es que tenga tanta voz, “solo los twitter [sic] y las vallas y algunos espacios.” ¿Solo las vallas, el Twitter y algunos espacios? ¿Cree este señor, que se pavonea diciendo que conoce a las víctimas, que poner una valla es un recurso menor? No hablemos solo del costo, hablemos de la visibilidad. Insisto: después de lo vivido, ¿están condenadas las víctimas a ver en tamaño exorbitante las caras de sus victimarios? Y, sobre los otros espacios, ¿le parece poco a este señor haber robado micrófono en todos los noticieros nacionales durante toda la semana, haber protagonizado artículos en distintos periódicos y haber sido entrevistado a propósito de su iniciativa? ¿Ha tenido una sola de las víctimas toda esta visibilidad? Me corrijo: Francisco Santos no es tonto ni cínico, es perverso.

Dice el candidato: “trabajo en ver cómo posiciono las víctimas de las FARC para que no las dejen solas. Ese es mi propósito”. ¿Posicionar, como las marcas? Ahora, ¿de verdad piensa este hombre que el primer plano de dos de los asesinos más famosos de este país le da voz a las víctimas, las va a acompañar? ¿De qué modo: hace más llevadera su pobreza, le da un censo a la ciudadanía de la cantidad de desplazados que recorren las calles de las ciudades, abre escuelas para los huérfanos o da trabajo a las viudas? ¿De verdad piensa Francisco Santos que lo que necesitan las víctimas es “ser posicionadas”, le parece al menos respetuoso usar este verbo para referirse a ellas?

No solo es lamentable, también es preocupante ver a un candidato presidencial defender la voz de las víctimas jugando a adivinanzas innecesarias, y demostrar con descaro que ellas son su eslogan de campaña. Es irresponsable que una persona como estas tenga todos los micrófonos que tiene. Por esto no puedo evitar la comparación de nuestra política con la venezolana. Aquí, como allá, los discursos de los políticos se consagran de lleno a las peleas entre ellos mismos, con las que se lanzan como rapiñas sobre la agenda mediática. Lo grave es que toda esa visibilidad que ellos se roban, corresponde al espectro de la visibilidad en común: lo que me encuentro en la ciudad al mirar para el cielo o en el televisor cuando solo tengo canales nacionales.

Por último, y de eso no se habla en la entrevista de El Colombiano, ¿por qué debajo de la valla del candidato está la leyenda “La sangre de Cristo tiene poder”? Lo dicho: Francisco Santos puede, por mucho, contra sí mismo. 

miércoles, 13 de marzo de 2013

Una repartición problemática


En Bogotá, no solo la distribución del espacio público es lamentable; también lo es la del espacio privado.

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A finales del mes pasado, El Espectador reseñó un informe del Departamento Administrativo de la Defensoría del Espacio Público (DADEP), en el que se presenta un balance negativo sobre la distribución del espacio público en Bogotá. En 1998, el decreto 1504 estableció que las ciudades deben contar con 15 metros cuadrados de espacio público por cada habitante; Bogotá le ofrece hoy 3,9 metros a cada habitante. Este balance puede sorprender a quienes recuerdan los premios de urbanismo que ha recibido la ciudad en los últimos años, como por ejemplo el Premio Urbanismo y Salud que le otorgó en 2010 la OMS. Esta organización, digámoslo para atizar la sorpresa, ha sido la encargada de fijar un indicador ‘óptimo’ de la cantidad de zonas verdes que deben estar disponibles por cada habitante en cualquier ciudad. Es un hecho: la forma de agrupar las edificaciones y de distribuir vías peatonales y áreas arborizadas tiene un impacto directo en la salud de las personas. 

En este sentido, quien recorre los parques, las ciclorutas y las alamedas de las localidades Teusaquillo, Barrios Unidos y Santa Fe, podrá sentir que está en una ciudad generosa con sus áreas públicas. Sin embargo estas localidades, que cuentan con la mayor área de espacio público en la ciudad, constituyen una parte minúscula de su área urbana. Bogotá tiene 20 localidades de las cuales, por mencionar solo los casos más visibles, San Cristóbal, Simón Bolívar, Rafael Uribe, Bosa y Usme tienen un importante déficit en esos beneficios urbanísticos tan favorables a la salud de las personas que la OMS resume como ‘zonas verdes’.

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Pero este asunto de la distribución del espacio disponible en una comunidad resulta más complejo de lo que podamos imaginar al pensar en un parque limpio. Recordemos que el espacio común corresponde no solo al inventario del Distrito (avenidas, plazas, monumentos), sino también a los terrenos en los que se distribuyen las edificaciones privadas. El espacio común concierne incluso a los recursos que se invierten en la urbanización, de los cuales depende levantar un condominio junto a un bosque, o un barrio alrededor de un basurero. En otras palabras, la calidad de vida en una comunidad abarca tanto las condiciones de sus áreas en común, como las de sus áreas privadas, y en ambos casos está en juego un modo concreto de repartir el espacio del que se dispone en una ciudad. Esto fue algo que comprendí cuando estuve orientando talleres de lectoescritura en el barrio Rincón del Lago, uno de los más de doscientos que pueblan las colinas limítrofes de nuestra ciudad con Soacha.

Una de las niñas que asistían a mi taller vivía en una casa donde el inodoro quedaba en la sala, así, como un mueble más, al frente del televisor. En esa casa vivían padrastro, mamá, abuelo y cuatro de los hijos: dos varones, de 13 y 19, y dos mujeres, de 16 y 7. En la casa había solo dos habitaciones. En una, dormían todos; en la otra estaban la cocina y la sala. Si uno en verdad visualiza este espacio, que no era de 100, de 60, ni siquiera de 30 metros cuadrados, fácilmente podrá sospechar consecuencias adversas para todos los miembros de esta familia. Eran, en realidad, perversas.

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Para llegar allí, yo tomaba en la Carrera Décima un bus del que, luego de unas dos horas, me bajaba llena de polvo y de sopor; al completar el ascenso por las vías encementadas de Ciudad Bolívar, se desprenden trochas en todas las direcciones, que se expanden hacia barrios donde abundan tugurios, cúmulos de basura, depósitos de chatarra y de otros desechos, hornos de cal en algunos casos (como el barrio San Joaquín), perros y niños. El descenso hacia Rincón desemboca en un lodazal pútrido que, en su momento, fue el lago que le dio el nombre al barrio. La única área pública de esparcimiento en el barrio es una cancha de baloncesto bordeada por hilos de agua contaminada, que en temporada de invierno queda inhabilitada por el barro y algunos desperdicios. 

Recuerdo que la primera vez que fui me sorprendió un esténcil, pequeño y precario, que en un muro diagonal a la cancha advertía que ese era un territorio AUC. Nunca pregunté por la procedencia de un anuncio semejante, pues los hechos de los que tuve noticia, a medida que continué visitando el barrio capitalino, me dijeron lo suficiente. Una de las primeras advertencias de la directora del centro comunitario que acogía mis talleres fue que nunca permitiera que me cogieran las cinco de la tarde en el barrio. En Rincón, igual que en varios barrios aledaños, había un riguroso toque de queda que comenzaba a las siete de la noche y, como en Bogotá comienza a oscurecer tan temprano, lo mejor era que no hubiera gente ajena al barrio luego de las cinco. Cosas escabrosas que no circulan en los medios de comunicación ocurrían allí. Por la época en la que comencé a ir, por ejemplo, habían asesinado a un niño (allí, muchos niños son acogidos pronto por redes delictivas) y como lección para la comunidad, solo los asesinos tuvieron autorización para asistir al entierro.

A la luz de estas imágenes que saco de mi memoria, encuentro que la relación entre bienestar y espacio de convivencia es mucho más elemental que un cálculo de cemento y de árboles para darle senderos amables a un sector de la ciudad. Como bogotana, no es que no celebre la existencia de ciclovías y de andenes anchos, pero esto es sobre todo porque vivo en una de las tres localidades privilegiadas. Recuerdo que la primera vez que regresé de Rincón y caminé por el centro de la ciudad, me sorprendió la elemental presencia de los andenes a mi paso; me di cuenta de que para que hubiera andenes, se necesitaban calles pavimentadas, y éstas a su vez, implicaban la adecuación de los alrededores: casas en vez de cambuches, cauces planificados para las aguas, sistemas organizados para la administración de desechos. Pero las deficiencias, como  las soluciones, resultan cíclicas. ¿Por dónde comenzar?  

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El estudio referido del DADEP ratifica que en Bogotá hay un desarrollo urbano ilegal superior al legal, lo cual indica que las prioridades de crecimiento para las administraciones distritales no han ido de la mano con el crecimiento de la ciudad durante los últimos 60 años, marcado por las crecientes oleadas del desplazamiento forzoso. En este sentido, el desequilibrio que se refleja en la repartición de las áreas públicas no tiene que ver solamente con el espacio exterior. Tanto los terrenos que los urbanizadores licitan en el norte como los que generaciones y generaciones de desplazados ocupan en el sur, son los territorios de la ciudad. Y si en un caso hay apartamentos de 60, de 100, de 200 metros cuadrados, en cuyos alrededores se extienden agradables zonas de esparcimiento, mientras que en el otro, no, esto corresponde a criterios puntuales de distribución que continúan trazando la historia de nuestra ciudad.