miércoles, 4 de julio de 2012

La condena del eterno retorno


Las telenovelas colombianas inspiradas en el narcotráfico ni agotan el fenómeno, ni recrean un pasado superado. 


Paralelo a la espuma que ha levantado una reforma constitucional diseñada para liberar a los políticos de asechanzas fiscales, la polémica sobre la telenovela colombiana Escobar. El patrón del mal, se mantiene. Aunque las novelas sobre narcos (y sobre mujeres de narcos) abundan en nuestra televisión desde hace unos cinco años, esta vez se trata del mandamás: una historia, que se pretende sepultada, sobre uno de los mafiosos más reconocidos en el mundo entero, tan colombiano como las orquídeas. No obstante, nada más arraigado en nuestro presente que los tráficos ilícitos y la proliferación de patrones, de tal suerte que el epígrafe de la novela, “quien no conoce su historia está condenado a repetirla” resulta hipócrita, pues su relato, ni atiende a la complejidad de la historia de una sociedad, ni en realidad alude a un pasado clausurado.

No hay motivos serios para restringir la exhibición de historias sobre mafiosos, sicarios, prostitutas y traficantes de drogas y de armas. Lo cuestionable es que se haga desde un solo ángulo; que nuestras telenovelas recientes enfoquen siempre a los mismos protagonistas y que se construya para ellos cada vez el mismo rol narrativo, como queriendo dejarle al espectador una versión unívoca, muy clara, sobre quién tiene el poder, qué hace para conseguirlo, y quién lo padece. En efecto, la pretensión histórica de nuestras telenovelas no da todavía para hacerlas sobre las hordas de desplazados, producidas por usurpaciones ancestrales de tierras, que generan cambios profundos y problemáticos en la vida urbana. Tampoco, sobre las familias de los guerrilleros y de los soldados rasos; sobre el día a día de los raspachines ni, menos aun, sobre la vida hostil de nuestros campesinos. Los relatos oficiales, centralistas y masivos de nuestra realidad como país, difunden la idea de que el mercado del narcotráfico es solo una cuestión de unos cuantos maldadosos que se juntan. Como si no fuera uno de los hilos de nuestra economía, y como si las historias anónimas de todos los escenarios sociales no hicieran parte de la Historia.

Lo cuestionable, entonces, no es que las productoras nacionales nos sigan contando que aquí el sicariato es un oficio que se paga con sueldo de nómina (eso también nos lo cuentan los paramilitares en las audiencias y en la prensa desde hace varios años), ni lo es que nos recuerden el trato denigrante de los mafiosos hacia sus amantes. Tampoco es cuestionable por sí mismo que, desde los últimos cinco años, haya una producción anual de alto presupuesto sobre el tema. Sin embargo, viendo las apuestas narrativas que allí se repiten, sí resulta cuestionable que en nuestras novelas sobre narcos y sus mujeres, el contexto social en el que se originan las realidades de personajes macabros sea cubierto con el velo del espectáculo. Si lo que más vende es la abundancia de tiroteos, de tetas y de gritos soeces, entonces todas las cámaras son puestas en ese único aspecto de la realidad, como si fuera un brote espontáneo de la naturaleza. Y, patrocinado el producto, se vende en nombre de una historia que se pretende compartida.

Esas grandes producciones que vienen mostrándole al público masivo la vida opulenta y chabacana que se dan los narcos (y sus mujeres), omiten en sus relatos el entramado causal en el que se inserta el narcotráfico, pues lo abordan como si se tratara de un fenómeno desvinculado de las decisiones políticas y económicas de nuestros gobernantes, y como si no tuviera consecuencias complejas y prolongadas en la vida concreta de los campesinos, de sus hijos, y de los hijos de la clase media. En el caso concreto de la novela sobre Pablo, su publicidad anuncia que se trata de “la producción más ambiciosa realizada en Colombia”, y eso resulta cierto sobre todo porque pretende contar “la historia como la vivimos”. ¿La vivimos quiénes? Esa primera persona no acoge sino a un selecto grupo de colombianos, que vivieron uno de los aspectos de la historia nacional, que tampoco es que sea pretérita.

Es cierto que las ficciones tienen la facultad de interpretar la realidad y de inventársela. Pero, si se publicitan como documentales, se imponen el requisito de un asidero en la realidad. En Colombia, saber que Pablo Escobar se inventó las fuerzas paramilitares para asegurar el dominio de las mejores tierras del país no agota, ni de lejos, nuestra historia. Quienes venimos siguiendo la prensa local durante la última década sabemos que esas fuerzas crecieron, evolucionaron y siguen activas. Sabemos, también, que sus alianzas no son solo tratos aislados con uno que otro delincuente. De hecho, somos testigos de que esa tronada extradición de los noventa, revivida por la novela de Pablo como la gran jugada política contra el narcotráfico, es hoy el mecanismo que les permite a unos patrones reducir sus condenas y eludir juicios por masacres, y a otros patrones, mantener oculta su agenda política paralela. Tal como hemos vivido la historia del narcotráfico en este país, sabemos que son parte de ella los cientos de masacres de las décadas recientes, fruto de un trabajo organizado, sistemático y continuo que puebla nuestro subsuelo de fosas comunes. Y sabemos también que todos lo saben, hoy como hace diez años, del presidente para abajo.
El nuestro sigue siendo un país de patrones; de usurpadores de tierras y de campesinos usurpados. Por eso la traducción al inglés del nombre de nuestra polémica serie, The drug lord, no le dejará comprender al espectador foráneo la complejidad de una historia aún en curso. Aquí, ‘patrón’ designa al que hace y deshace a costa de lo que sea (o de los que sea, más bien); al que nadie puede contradecir; al que dispone de cualquier recurso para hacerse a las tierras, y para acallar a cualquiera que ose señalarlo. Y de esos hay por doquier en Colombia, de manera que el cuestionamiento que se dirige hacia las abundantes narco-ficciones de nuestra televisión conlleva tal vez un cuestionamiento con mayor fundamento, dirigido a una historia de narco-gobiernos y del narco-Estado en el que nos hemos convertido, así el capo más vistoso sea mirado hoy como una leyenda. Porque, contrario a lo que prolifera en nuestros relatos masivos, ni los problemas se solucionan a punta de bala, ni el mal es obra de un solo lord.  

1 comentario:

  1. "Lo del narcotráfico es un problema insoluble por parte de Colombia, con Farc o sin Farc. Porque sus raíces no están aquí, sino en los Estados Unidos. Como he venido repitiendo desde hace 40 años, el narcotráfico no es un problema porque existan siembras de coca en las laderas de los Andes, sino porque esas siembras son ilegales por decisión de los gobiernos de los Estados Unidos. Y como consecuencia de esa ilegalidad el tráfico de la cocaína constituye el negocio más rentable del mundo. Para quien sea que lo practique: una guerrilla o una mafia criminal. Todas las guerrillas del mundo se financian con tráfico de drogas prohibidas, y todas las bandas criminales también (y todos los bancos)."
    Fuente: A. Caballero en: http://www.semana.com/opinion/guerra-paz/184235-3.aspx

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Ohpina