sábado, 2 de noviembre de 2013

Albert Camus, extranjero rebelde

A cien años del nacimiento de este escritor argelino, sus ideas y su prosa conservan el esplendor del verano mediterráneo.

De Camus se recuerdan sobre todo El extranjero, su pelea con
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Sartre y el Nobel que recibió en 1957, “por el conjunto de una obra que pone de relieve los problemas que se plantean en la conciencia de los hombres de hoy”. Esta razón excepcional en la tradición del Premio muestra la inspiración filosófica que marcó la narrativa de Camus, aunque éste no mencionó en su discurso que Alfred Nobel, entre otras cosas, fabricante de armamento, fue además el inventor de la dinamita. Pero lo más probable es que sí lo haya señalado, a su manera: “Sin duda cada generación se cree predestinada para rehacer el mundo. La mía sabe sin embargo que no podrá lograrlo. Pero su tarea es más compleja: consiste en impedir que el mundo se deshaga”.


Albert Camus nació el 7 de noviembre de 1913 en Dréan, pueblo conocido como Mondovi mientras Argelia fue colonia francesa. Un año después murió su padre, una de las 70 millones de personas afectadas de manera directa por las guerras mundiales del siglo XX. Su madre, analfabeta y casi sorda, lo llevó a vivir consigo en Argel, frente al Mediterráneo, donde lo crió una abuela tan recia como la pobreza que les dio hogar. Haber crecido bajo el imperio del sol tórrido, abrasado por los vientos salinos y por los colores desérticos, inspiró no solo sus personajes (el nombre del protagonista de El extranjero evoca el mar y el sol), sino también su insistencia en el apego del ser humano a la Tierra. “Sí, basta un anochecer en Provenza, una colina perfecta, un olor de sal, para darse cuenta de que aún está todo por hacer.” (Prometeo en los infiernos).

El gusto de Albert Camus por los mitos proviene de sus afinidades con la cosmovisión griega y del carácter único que tiene este tipo de relatos. Contrario a la pretensión de las escrituras históricas, científicas y filosóficas, el mito incita al lector para que encarne él mismo el sentido de una vivencia universal, humana, ante una experiencia que se manifiesta caótica sin cesar. Sísifo, por ejemplo, fue condenado a llevar una roca hasta la cima de una montaña, desde la cual rodaría eternamente. Su castigo era volver a bajar al valle, para volver a subirla. Camus encuentra en esta historia una imagen para hablar de la realidad de cada ser humano que pese a los desastres, el dolor y el sinsentido que agobian la existencia, decide levantarse cada mañana y continuar. Aun sabiendo que su destino inequívoco es la muerte.


A él no le inquieta el esfuerzo de Sísifo al subir, sino su decisión de regresar por la roca. ¿Qué pensará mientras camina hacia el valle?, se pregunta. Podría suicidarse, ¿qué otra prueba podría esperarse de la libertad? Después de todo, la única respuesta del universo ante el martilleo del humano ‘¿por qué?’ es el silencio. Este silencio, escuchado al menos una vez por todo humano, es lo que en El mito de Sísifo se entiende por ‘el absurdo’, pero, lejos de constituir una razón para desear o buscar la muerte, ha de convertirse en el medio privilegiado de la liberación. Estas ideas se expanden en El hombre rebelde, donde Camus reafirma que ante la inquietud por el modo en el que es digno, deseable, vivir, la respuesta es la rebeldía, entendida como la aceptación de una naturaleza finita (y solidaria), capaz de acoger la mayor cantidad posible de experiencias. Así, contrario al hombre revolucionario que Sartre esperó del hombre rebelde, éste se arraiga en la vida precisamente porque no hay sentido alguno que le corresponda a la vida per sé. “Se ve que la afirmación envuelta en todo acto de rebelión se extiende a algo que sobrepasa al individuo en la medida en que lo saca de sus supuesta soledad y le proporciona una razón de actuar”. Se dice que lo inspiró Kierkeegard, pero debería insistirse más en su lectura de Nietzsche. Además de ensayos, crónicas y novelas, escribió también obras de teatro.
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